Berendal. La ciudad solitaria.
Azotada por las negras olas del mar oriental, también llamado Mar de Lierban, se alzan imponentes las oscuras columnas y las sombras fantsmagóricas de lo que fueron orgullosos palacios, venerados templos, bulliciosos mercados. Es la ciudad de Berendal, antaño perla oriental del Imperio Vindikariano, hoy... refugio de espíritus malditos y terrores innombrables.
Cuentan las antiguas leyendas que el último gobernador de Berendal fue Eliakar, estimado del emperador de Vindikarion, Ippakar III. Era una época convulsa, cuando Galandra ya estaba cubierta por la oscuridad, y Vindikarion dejaba de ser ya el Faro que guiaba a un mundo que se delizaba velozmente hacia el más profundo abismo. Berendal tuvo en ese tiempo la ambición de ser el nuevo Faro de la Civilización, la Antorcha que hiciere brillar como antaño brilló el esplendor de Vindikarion. Pero fue entonces cuando Berendal, que había resguardado dentro de la noche eterna de Nictara una chispa de civilización, sufrió el mal que acabó con todo sueño de futuro para la ciudad.
Dice la tradición vindikariana que el dios Mnaeroq dió el fuego a los hombres y les enseñó a construir ciudades, y que fue también él quién enseñó a quienes habían de devenir Grandes Arcanos, parte de sus conocimientos. Dice también la tradición que Mnaeroq fué quién construyó Vindikarion, la más grande y bella de las ciudades de los hombres. Los Anales de Ndar-Kemkar, en cambio, cifran la fundación de la ciudad de Vindikarion aproximadamente dos mil años antes de que el Velo cubriera el mundo.
Sea cual sea la verdad sobre la fundación de Vindikarion la verdad es que desde el principio de los tiempos, fuere debido a su privilegada situación junto al Gran Río, o porque los dioses la favorecieron, creció y creció, convirtiéndose en una de las grandes ciudades del continente. Los Reyes de Vindikarion se titularon “Hijos del Cielo” y “Reyes Celestiales”, y tal vez por eso, en su deseo de ser verdaderamente celestiales, construyeron allá donde fueron grandes torres, que eran sus templos, desde las que adoraban a Mnaeroq, dios del fuego, y a su padre Verlux, dios del sol que enloqueció en su lucha eterna contra el Mal, y que resta ahora separado del mundo por el Velo.
Berendal, como ciudad fundada por los vindikarianos, era una ciudad de altas y orgullosas torres, que se elevaban sobre el mar escrutando el cielo y el horizonte incógnito que se escondía tras el mar oriental, llamado de Lierban, y tras el mar de las Brumas... un mar que pocos aventureros se atrevieron a cruzar, un mar que nadie ha cruzado desde los tiempos en que cayó la maldición sobre Berendal, la orgullosa.
Decíamos que hacía ya 400 años que el Velo había cubierto Nictara cuando Eliakar fue nombrado gobernador de Berendal por el Rey Celestial Ippakar III. Desde que el Velo separara a Verlux de la humanidad los Reyes Celestiales de Vindikarion habían visto disminuir su autoridad poco a poco. Las provincias más lejanas se desgajaban del antaño orgulloso reino. Los Magos, que siempre habían aconsejado al Rey Celestial pensando en el bien de sus súbditos y de la humanidad, se habían vuelto avariciosos, y, ávidos de poder, luchaban entre ellos.
Eliakar odiaba a los Magos, en quién los distintos Reyes de Vindikarion iban depositando todo el poder sobre el menguado imperio. Tal vez por eso aceptó rápidamente ser el gobernador de la remota ciudad de Berendal. Así, se encontró con una grata sorpresa al descubrir que esa ciudad, construida por colonos vindikarianos a imagen y semejanza de su capital, conservaba todo el esplendor y todo el lujo que la corte había perdido a lo largo de los últimos cuatro siglos.
Eliakar llegó a Berendal en un momento que parecía elegido por el destino. Era una ciudad rica, a salvo de las hordas de sombras, fuere por la protección de los dioses o por un capricho del destino, pero allí encontró lo que tanto había deseado: riquezas, gracias al comercio costero que aún existía en la costa oriental; civilización, mantenida en punto más alto gracias al gran trabajo de los Sabios que abundaban en la corte del gobernador; orgullo, mantenido por los propios ciudadanos y por las antiguas costumbres, aún intactas en Berendal, la perla oriental del Imperio Vindikariano.
Eliakar soñó que sobre el ejemplo de Berendal podría construir un nuevo imperio, soñó que recibía el favor del Cielo, y creó en su ciudad una corte semejante a la de los reyes. Pero tal como cuentan los poetas en sus cantos sobre Berendal: de su orgullo provino su desgracia.
En aquellos tiempos terribles, en que la autoridad de los Reyes Celestiales se desintegraba, eran muchos los que, como Eliakar, deseaban huir lejos de la capital, corrompida por las luchas entre Magos. Grandes grupos de ciudadanos errantes escapaban de un futuro incierto en manos de los caprichos de los Magos y sus adláteres, unos hacia el norte inexplorado, otros hacia un sur que tenía fama de rico, otros hacia el oeste donde existían otros imperios y otros reinos, y algunos hacia el oriente.
Fue uno de esos grupos el que llegó un día a las puertas de Berendal, la perla de oriente. Ante las altas murallas cubiertas de azulejos de colores, que un día representaban las glorias de Verlux y su hijo Mnaeroq, imploraron al gobernador y a los prohombres de Berendal que les acogieran en su ciudad. Pero los berendaleses, ofuscados por su soberbia, por el orgullo de ser una excepción en la progresiva degradación que se vivía en el imperio, les negaron la entrada. No querian que esos zarrapastrosos hollasen con sus pies sucios de fango las calles de piedra, los mármoles de sus templos, los escalones de los palacios.
Creyeron que los nómadas se irían cabizbajos, al haber sido rechazados a las puertas de su paraíso... sin embargo, entre los errantes había un líder, un Mago tal vez, que intuyó en seguida que la soberbia Berendal no tenía un ejército para rechazarlos. Y así fué como decidieron acampar alrededor de la perla de oriente, asediándola hasta que les permitieran entrar en ella, hasta que los acogieran en ese refugio dorado.
Eliakar y su consejo se reunieron para analizar la situación. Pero, cegados por su orgullo, decidieron esperar... “Berendal es inexpugnable”, dijeron. Mas no era así. Los errantes estudiaron durante semanas las murallas de la ciudad y en el momento en que la oscuridad cubre con mayor intensidad la siempre oscura Nictara, los más ágiles de entre ellos escalaron el muro más indefenso. Solo dos soldados berendaleses cubrían el ala noroeste, equipados con bellos yelmos plateados, corazas de cuero bien pulidas y adornadas con figuras de dragones marinos, con trajes de las más ricas telas, y capas de brillante azul de mar. Pero esas figuras que resultaban imponentes en las ceremonias fueron humillantemente liquidadas por humildes cuchillos de cortar el pan que rasgaron sus yugulares sin contemplaciones. Así, en silencio, ocuparon una de las puertas y poco a poco fueron entrando en la ciudad, como si fueran espectrales sombras, los asesinos entrenados por el misterioso líder de los errantes.
Se introducían en una casa, donde dormían sus ocupantes, y los mataban en su propia cama. No tuvieron contemplaciones: hombres, mujeres, niños, ancianos... El tímido crepúsculo que marca el día en Nictara halló a los errantes ocupando todas las calles de la ciudad, entregados a su sanguinaria tarea. Ya no se preocupaban en tapar las bocas de sus víctimas mientras eran acuchilladas, y se oían gritos de horror en todas las casas, en todas las plazas, en todos los rincones de una ciudad que esa mañana estaba muriendo. Se ensañaron con los prohombres de la ciudad, con sus esposas, con sus hijos y sus hijas, los arrastraron a las plazas con sus ricas vestiduras, o los ahogaron en sus bañeras de mármol, o los aplastaron bajo el peso de sus tesoros.
Se ensañaron con Eliakar, que fue arrastrado por un carro hasta el templo de Verlux y ahorcado desde lo alto de la torre, así quién soñó con ser Rey murió por la cuerda como un ladrón. Y así fue como Berendal murió, ni uno de sus orgullosos habitantes sobrevivió a la Noche Sangrienta. Los errantes habitaron la ciudad un tiempo, pero luego, tal vez acosados por los espectros de sus víctimas, la abandonaron. En ella dejaron a muchos de los suyos, se mataban entre sí cuando decidieron seguir errando, y dejaron tras de sí una ciudad fantasma, que ardió durante semanas, iluminando con fuego que parecía sangre, y que se reflejaba en las frías aguas del mar oriental, un mar que guarda en sus profundidades terribles imágenes, y voces, y esperanzas... que se desvanecieron una noche, víctimas de su propio orgullo.
Nunca nadie ha vuelto a hollar el solar de Berendal, la que fuera perla de oriente y que ahora es llamada “la solitaria”. Los restos de sus torres y de sus palacios son mudas y grises sombras de lo que un día fueron, espectros, figuras fantasmales que guardan una terrible historia y, tal vez, una terrible maldición.
Dicen los lugareños que el día en que se cumple el aniversario de la Noche Sangrienta se oyen los gritos de las víctimas, y más tarde sus sollozos, y si son lo suficientemente valientes como para acercarse, en lo alto de la torre aún pueden ver colgado inerte como un muñeco al que fue gobernador y soñó con ser Rey, Eliakar. Y ese espectral muñeco llora cada noche por la ciudad, que con su soberbia, condenó.
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